Me hizo el favor de llevarme al Cerro del Cubilete a la peregrinación de los cristeros, donde me presentó con esa multitud para mí anónima de cuatrocientas, quinientas personas, ante los cuales dijo: “A este joven historiador francés hay que ayudarlo. Él va a escribir la historia de la Cristiada. Es nuestra última trinchera. Antes de morir tenemos que ayudarlo.”
lunes, 22 de marzo de 2010
Entrevista con Jean Meyer sobre la Cristiada y su historia personal
lunes, 8 de marzo de 2010
Hablando de política industrial...
Hace poco recibimos de Manolo un correo mostrándome cómo un economista boliviano demuestra que la política industrial tiene cabida en la actualidad debido a tres industrias que se desarrollaron a través de varias décadas Tengo en particular tres argumentos contra la política industrial.
1) Es como jugar a la lotería, pero con dinero público.
Quien tenga familiares empresarios o quien haya trabajado en sector privado sabe que nada es seguro. La ventaja competitiva de hoy puede desaparecer de la noche a la mañana y las innovación proviene de los lugares menos sospechados. No hay mercados estáticos ni estrategias que siempre ganen.
O puesto en otras palabras: los empresarios, las personas que más conocen de esto, tienen apenas idea de cuál va a ser un negocio rentable. Ahora, ¿cómo podemos esperar que un funcionario público sepa más de esto? Tendría que tener conocimiento profundo de cada industria y con cada industria me refiero a los cientos de miles de cosas que se producen en el país, desde seguros hasta palillos, pasando por revistas pornográficas y sombreros de jipijapa. También tendría que conocer qué es lo que pasa por la mente de millones de consumidores para saber qué es lo que necesitan y comprarían en el país. O de miles de millones si uno quiere una política industrial de clase mundial.
Entonces, por supuesto, cuando se hace política industrial vamos a tener dos, tres, veinte, o cien casos de éxito, como los mencionados de Bolivia, o los arquetípicos de Corea y Singapur. Pero por cada uno de esos casos de éxito hay miles de fracasos, basta con analizar más de 70 años de política industrial en África y América Latina. Tomar la minoría de casos exitosos como la generalidad es un sofisma.
La promesa de una luz al final del túnel de empresas de clase mundial creando miles de empleos bien remunerados es muy buena, tal vez demasiado buena para ser verdad. Más que nada porque todo se reduce a rezar por que las industrias apoyadas por el gobierno no se conviertan en elefantes blancos (los ingenios azucareros, o el cine mexicano en los ochenta, por ejemplo) y sean exitosas en un entorno institucional adverso.
En resumen: la información es muy limitada, y no la tienen los actores principales, mucho menos los hacedores de políticas públicas.
2) Hace más ricos a los ricos y mete aún más intereses económicos a la política.
La política industrial termina favoreciendo a una clase de empresarios de sectores favorecidos sobre los demás. Espera, por supuesto, que a la larga se generen empleos, pero el efecto más inmediato es que este grupo ve incrementadas sus ganancias en el corto plazo. Sí, habrá en potencia más empleos, pero en el corto plazo habrá una clase de empresarios favorecidos por la política industrial. (Recordemos los setentas en México.) Y claro, uno tiene que esperar un par de décadas para dejar de favorecerlos cuando empiece a verse el éxito (o fracaso) de la política industrial.
Entre los empresarios se crea una competencia por los subsidios y apoyos, cada uno argumentando que su industria es la clave del futuro. Los funcionarios públicos tratarán de evaluar esto objetivamente, usando toda la información disponible, pero "toda la información disponible" también proviene de quién puede pagar más estudios favorables y cabildeo. El resultado termina siendo una competencia por los subsidios más que por ser más productivos a través de la innovación y mejor gestión. Esto ya sucede en nuestra política agropecuaria, en Procampo.
En resumen: la política industrial crea una clase de empresarios favorecidos por el Estado sobre los demás.
El argumento liberal, y con el que concuerdo, es que es mucho más sencillo eliminar las distorsiones por impuestos, tarifas comerciales, aranceles, subsidios para permitir que sea más fácil para los empresarios determinar qué mercados son realmente rentables. Por otro lado se debe eliminar la posibilidad de que compitan (y que como sociedad el dinero invertido en cabildeo se use cosas más productivas) para ser empresas favorecidas por el Estado.
Yo creo que la única política industrial que vale la pena buscar es una Comisión Federal de Competencia independiente y eficaz, así como una política exterior encaminada mayor apertura comercial por parte de nuestros socios comerciales.
Manolo, en un entorno institucional como el mexicano y viendo el caso de Procampo, ¿cómo implementarías una política industrial en la que los empresarios se enfoquen a mantenerse competitivos en lugar de que sea un incentivo para más negocio de favores políticos?
Segundo, tomando en cuenta el problema de la información en una sociedad, ¿cómo podrías determinar como funcionario público cuáles serán las industrias para las que tiene potencial el país so pena de desperdiciar miles de millones de dinero público y décadas de esfuerzos?
Por último, ¿es condición necesaria para el éxito industrial una política industrial aplicada por el Estado?
domingo, 7 de marzo de 2010
Segunda transmisión desde la Sierra de Zongolica...
Me cuesta mucho trabajo subir imágenes a Blogger, por lo que mando un vínculo a lo que será mi blog en Wordpress de hoy en adelante. Ahora transcribí algunas notas al aire que escribí durante estas semanas.
Saludos,
Fernando.
lunes, 1 de marzo de 2010
Primera transmisión desde la sierra de Zongolica
Una de las mejores experiencias que he tenido en esta semana ha sido estar trabajando en Mitepec, un pueblo de casas de madera a más o menos una hora de Orizaba. A los que viven allá les dicen los muertos vivientes, porque son muy pobres y viven cerca del cementario. Viven en lejos de todos, heredando una forma de vida que tuvieron sus padres y abuelos, cocinando con leña, bebiendo agua del manantial y viviendo con lo poco que pueden arrancar de la tierra.
Ésta es una historia que podríamos ver repetida muchas veces en el México rural: campesinos pobres como lo fueron sus padres y como probablemente lo serán sus hijos. En el caso de Mitepec y otras veinte comunidades, el papel que lleva a cabo Fondo para la Paz es muy visible: se están equipando con cisternas para captación de agua de lluvia, huertos, baños que evitan que se contamine los manantiales. Además, estas acciones provienen de sesiones en las que se les pregunta a los pobladores cuáles son sus problemas y cuáles creen que son sus posibles soluciones. Después de hacer esto, el Fondo da recursos, pero también poco a poco exige que la gente aporte otro tanto, en corresponsabilidad con las donaciones.